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Ultra

En una habitual caminata nocturna logré escuchar unos pasitos muy cerquita de mí, al voltear, una mirada penetrante y curiosa se anticipó a una restregada de su cuerpo en mi pantalón. Su pelo era corto color café, igual que sus ojos, aunque estos en una tonalidad más clara. Continuamos andando y desde ese momento se sumó al paseo de manera segura como si fuese su recorrido habitual. Se detenía cuando lo hacíamos y reanudaba apoyando esos guantecitos blancos característicos de sus cuatro patas.  Al llegar a casa unas gruesas gotas empezaron a caer, abrí la puerta y la invité a pasar, casi podría aseverar que compartió la idea y así cruzó por vez primera el umbral.

Los días siguientes se convirtieron en una vorágine. Nuestros perros y ella no tuvieron muy buena química y entendimos que no podía quedarse a vivir con nosotras, sin embargo, el cariño crecía y aprendimos a lo largo de cinco meses a tener un espacio con ella en el que jugábamos salíamos a pasear, reíamos con sus jugueteos y le brindamos los cuidados necesarios para que tuviese confort y salud. Entendimos bien la implicación de dar un hogar temporal, pues a veces hay circunstancias que permiten que la familia crezca y en otras ocasiones nos conduce a brindar cuidados y acompañar mientras llega la familia que la acogerá. Todos esos días convivimos con ella, le compramos juguetes, durmió y disfrutó estar en una cama y bajo techo. Conoció la sensación de esperar a alguien con quien compartir correr, caminar, tener la certeza de que tendrá un plato servido dos veces al día. Uno de mis recuerdos favoritos es su cara de extrañeza cuando le pusimos una sudadera y cómo sus facciones se transformaron hacia la aprobación de tener la prenda. Todas las noches me despedía de ella y la cubría con una cobija, misma que estaba intacta al día siguiente que abría la puerta de la cocina, su cola entonces se balanceaba y nos abrazábamos para iniciar el día.

Ultra nos enseñó a saber que los recuerdos reconfortan, la certeza de brindar cariño y disfrutar de acariciarla y sentir su lengua recorriendo la piel. No fue fácil la mezcla de emociones cuando encontramos a la familia que sería su nuevo hogar, pues nos permitió entrevistar a un sinfín de personas, y así constatamos que había quien la veía como arma de protección para su terreno o propiedad, otras la vieron como posibilidad de mejorar su economía pensando en las camadas futuras. Eso nos entristecía y alargó el tiempo de espera, por eso cuando encontramos a quienes tenían la disposición y el gusto por compartir tiempo, cariño con el objetivo de hacer una vida conjunta nos alegró infinitamente y al mismo tiempo, un dolor al percatarnos que llegaba el momento de dejar de verla todas las mañanas y a detener la rutina construida. Ciertamente nos dejó un vacío y también una satisfacción muy grande que nos replantearía la responsabilidad que tenemos con un ser vivo que deambula y al que se le puede ayudar a cambiar su vida.